TRES GIGANTES DE LA FE: FRANCISCO, LEÓN Y NOLI

UNA LARGA PASCUA DE 60 HORAS

Tengo 61 años de Pascua sobre mis hombros como sacerdote, particularmente la de este 2025 en Perú me gusta más. Parto de las tres de la tarde del Viernes Santo cuando concluí las 7 palabras de Jesús con aquellas frases ‘Todo está consumado’, justo después del dulcísimo ‘Padre en tus manos encomiendo mi espíritu’. Me bloqueo, no logro decir nada, entonces me acerco a la Cruz grande colocada a la derecha del altar, donde está Jesús ya con la cabeza agachada, sin vida.
Pasa más de una hora al momento del beso de la Cruz, no hay apuro, solo dolor y esperanza, para grandes y chicos, hombres y mujeres. Me toca a mí llevar el Copón de la Eucaristía del Salón Pablo VI al altar, bajo el baldaquino sostenido por cuatro policías. Es un proceso muy lento guiado por la voz segura y bella de un joven que canta de memoria el estremecedor: “Oh Buen Jesús, yo creo fuertemente que por mi bien estás en el altar.”
Al término, lentamente quitan un clavo detrás de otro de las manos y de los pies de Jesús para bajarlo de la cruz y colocarlo en la urna del Sepulcro. Mi corazón palpita fuerte.
No participo de la procesión lentísima del Santo Sepulcro acompañada por la Virgen Dolorosa por las calles de la ciudad, prefiero ver el teatro “Jesús de Nazareth” que se repite desde hace casi 50 años, de generación en generación de jóvenes. Empiezan con la Creación para llegar al Calvario por casi cinco horas emocionantes en un vertiginoso cambio de cuadros y personajes que atraen. A menudo los ojos están llorosos por la emoción mientras el frío entra a los huesos, pero no en el corazón.

El Sábado Santo es de un silencio impresionante, con la Iglesia vacía y triste hasta que, en la oscuridad de la noche, se enciende el fuego y el Ciro Pascual del Resucitado. Con centenares de velitas prendidas se entra en la catedral con una serenidad en el corazón, lo peor ha pasado. Las bellas pero largas siete lecturas del rito de la Vigilia disminuyen un poco el entusiasmo, tanto que el canto del Aleluya y del Gloria a Cristo Resucitado no son explosivos. Menos mal que existen las campanadas festivas.
El día de Pascua inicia muy pronto, cuando la madrugada aún está oscura con la Misa de Gallo o de la aurora, a las cuatro de la mañana. La catedral está casi llena. Hay cuatro estatuas (aquí se dice imágenes) a los pies del altar vestidas ya para la ocasión, parece que tuviera apuro por moverse y salir por las calles: San Juan, San Pedro, la Virgen Dolorosa y Jesús ya con la cabeza en alto mirando hacia el cielo, muy feliz. La Misa Pascual por supuesto que está llena de alegría, pero esta alegría crece aún más cuando comienza todo el movimiento de las cuatro imágenes. Una tras otra es llevada en hombros por los miembros de la confraternidad, acompañados por las mujeres con los incensarios llenos de carbones encendidos e incienso (aquí empezarán mis problemas…) y la respectiva banda que con sonidos nítidos calienta el frío amanecer. Yo estoy allí en medio de ellos, incluso con la mascarilla que mi protege un poco. Se camina con pasos a la inversa, nuestra mirada siempre tiene que ser hacia Jesús y a sus amigos.

Cuatro imágenes, cuatro recorridos, cuatro encuentros con reverencias al Resucitado. Emocionante es realmente el momento en que la procesión de la Virgen Dolorosa se encuentra con la del Resucitado. La Dolorosa pierde mágicamente su manto negro para mostrar el de un blanco espléndido de madre - podría decir de novia – muy feliz, orgullosa de ver a su Hijo vencedor. Son las 9:30 de una mañana soleada, en la plaza central hay al menos tres o cuatro mil personas de todas las edades, apretadas unas contra otras, todas con los ojos llenos de alegría mientras disfrutan de las maniobras de cada personaje que con majestuosidad regresa a la catedral al ritmo de las cuatro bandas y de la gente que canta al unísono: "Tú reinarás. Reina Jesús por siempre en el corazón de nuestra patria". Estos son momentos para vivir, más que para describir. A flor de piel. Estoy allí en medio de todos, me gustaría tomar algunas fotos, pero no me dejan estar sin trabajar, cientos y cientos me piden una bendición, una pequeña cruz en la frente, con un continuo llamarme: "Padre, también a mí, también a mi hijo y a mi abuelo...". Empiezo a sentir un poco de cansancio y afán, pero adelante... es demasiado hermoso disfrutar de estos encuentros después de los años gélidos del Covid. La gente ha vuelto. La fe no se ha apagado, la gente ha recuperado la alegría de vivir con Jesús Resucitado.
Cerca de la una de la tarde regreso a casa, no tengo invitaciones especiales para almorzar, solo enciendo el ordenador para revisar al menos la bendición Urbi et Orbi desde la Plaza de San Pedro de Roma, aunque tengo dudas sobre la posible presencia del Papa, tan afectado por la salud. "¡Llega el Papa Francisco!" grita con emoción el presentador. Veo avanzar la silla de ruedas hasta el balcón central, me dan ganas de aplaudir, pero después de un momento de alegría, noto el rostro hinchado y solo escucho un murmullo de la voz del Papa. Pero está allí, para nosotros, y tendrá la fuerza incluso para hacer el último recorrido por la Plaza de San Pedro entre la gente que se vuelve loca al verlo.
Me tomo un poco de tiempo para descansar, siento que mis pulmones están cansados, quizás llenos de incienso.

LUNES DE PASCUA, LUNES 21 DE ABRIL, LA OSCURIDAD PARA EL PAPA FRANCISCO

No sé qué pasó conmigo como al Papa, con una increíble telepatía. Yo ya estaba en la camilla de la Sala de Emergencias, sacudido por una fiebre altísima, y escucho que alguien susurra sobre la muerte del Papa. Para mí acababa de pasar la medianoche, en Roma eran las siete de la mañana. Yo estaba a punto de perder el conocimiento, mientras el Papa ya había dado su último respiro.
Durante tres días estuve en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de Huacho para liberar el bloqueo pulmonar causado por los humos de las jornadas de la Semana Santa. Nada de alegría pascual, estaba en el Huerto de Getsemaní los Olivos. Del Papa solo la triste confirmación de que ya no estaba el Papa del pueblo. Y, sin embargo, no reaccionaba, estaba aturdido por mi cuenta.
Me llega un mensaje garabateado por un chico en un papel con un plumón negro: “Padre, todavía no es el momento de marcharte con el Papa Francisco. Recupérate”.

Así fue. La lenta convalecencia en casa me permitió seguir todos los días de luto por el Papa Francisco. El sábado del funeral, estuve despierto desde la medianoche para seguir desde la cama los ritmos tristes de las exequias, luego su recorrido por Roma y detenerse en su basílica preferida de Santa María Mayor.
Francisco, fuiste grande. En el corazón conservo cuatro recuerdos con él. Plaza San Pedro 2014, un miércoles de pura alegría, frescura con 30.000 personas, mi hermana Dalmazia y el padre Yovani Inocente. En 2017, en el Duomo de Milán, el Papa Francisco enseñó a 500 sacerdotes cómo se prepara una pizza, basta un poco de levadura para hacer fermentar la masa espiritual de los fieles. En 2018, en Lima, concelebré con el Papa a tres metros de distancia, frente a más de un millón de personas en la base aérea de La Palma. El silencio del momento en que el Papa elevó la Hostia blanca todavía resuena en mis oídos. Un silencio religiosísimo salido de corazones llenos de fe. El 29 de junio de 2024 recibí un pergamino desde Roma: “Su Santidad FRANCISCUS imparte de corazón la deseada Bendición Apostólica al presbítero ANTONIO COLOMBO con motivo del 60 aniversario de Ordenación Sacerdotal e invoca por intercesión de la Madre Santísima abundantes gracias divinas”.
El preciosísimo pergamino está en la pared de la sala de mi casa, todos los días lo veo y rezo por él que nos ha regalado días de Paraíso. Alabado seas, oh, mi Señor. Hermanos todos, con San Francisco de Asís.

HUMO BLANCO, ¿PARA QUIÉN?

La barca de Jesús con Pedro sigue navegando, de un extremo a otro del mundo. El centro de todo ahora es el Vaticano, la Plaza de San Pedro, su Basílica y la Capilla Sixtina con la chimenea en el techo. El color blanco o negro del humo es la señal secular de la elección de un nuevo Papa entre los 133 aspirantes cardenales del Cónclave 2025. Días de emoción increíble podemos decir en todo el mundo, incluso entre los niños de las periferias polvorientas de mi ciudad, aquí en Perú.
Personalmente conozco solo a uno de los 133 cardenales encargados de elegir al Papa, se llama Matteo Zuppi, arzobispo de Boloña. Le escribo: “Mi sueño es este: PAPA MATTEO ZUPPI”. Responde casi de inmediato a través de mi hermana Sor Dalmazia, conocida en Mozambique en el lejano 1990. “Para tu hermano puede ser un sueño, para mí en cambio es una pesadilla”.
Así nace una apuesta con mi obispo, monseñor Antonio Santarsiero de Huacho que apuesta por monseñor Robert Francis Prevost obispo en el norte de Perú, transferido a Roma desde 2023.
Después de tres veces con el color negro, finalmente sale el blanco. Perdí la apuesta. El nombre del nuevo Papa no es el de Matteo.

PAPA LEÓN XIV

Aquel lunes histórico - 8 de mayo de 2025 - en casa escuché el nombre de Robert Francis Prevost elegido como PAPA LEÓN XIV, y sus palabras en español que me llegaron al corazón (no era necesaria la traducción) “para su amada diócesis de Chiclayo en Perú que lo ayudó en su camino de fe en la Iglesia de Jesucristo”.
Perú es el país que transformó a Bob, el joven sudamericano de Chicago. Y estoy contento, muy contento con la elección del Cónclave. Me ayuda a seguir adelante, es hermoso ser sacerdote y al mismo tiempo misionero en el mundo.

UNA MISTERIOSA FOTOGRAFÍA DEL 2019

Busco en mi memoria para ver si alguna vez he tenido contacto con él. En cuestión de pocas horas llega a mi casa Carlos Grados, amigo fotógrafo, jadeante me dice: “Padre, mire aquí, es él el Papa León, ¿lo recuerda, estaban muy cerca?”
Sorprendido y contento hago ampliar la foto a 200 grados y todo se vuelve muy claro.
Sí, es él, vestido sencillamente como sacerdote con una cruz en el pecho. Lo vi una sola vez, no me di cuenta de su estatura como arzobispo, estaba justo allí sentado entre nosotros, reservado. Oramos juntos la Hora Tercia del breviario y luego escuchamos una conferencia sobre el matrimonio. No recuerdo ni siquiera si nos presentamos el uno al otro. Hay en total tres fotos del 2019 que han despertado mi memoria y emoción, él adelante y yo justo detrás, casi pegados. Increíble regalo. Estuve con un PAPA, como con el Papa de mi vida Pablo VI, arzobispo de Milán. Paso la noticia a los periódicos locales de Huacho y Milán, queda como una exclusiva, simple y simpática, un Papa que sabe caminar entre la gente, en nombre de Jesús.

¿POR QUÉ EL PADRE ROBERT PREVOST ESTABA EN PERÚ?

Su diócesis de Chiclayo está al norte, a 600 km de distancia, en el Océano Pacífico. Siempre hablaban bien de este misionero estadounidense que se había encarnado aquí. Ser misionero significa tener un corazón grande, abierto a todos, incluyendo los idiomas. En Perú se formó desde joven durante 10 años (desde 1985 hasta 1995) en una zona pobre, la ciudad de Chulucanas. Se enamoró de Perú, aprendiendo el idioma quechua, cabalgando en zonas inhóspitas, generoso con todos. Allí conoció la belleza de la religión popular con la Cruz de Motupe.
Luego, como agustino, estuvo en el Seminario de Trujillo y también en Estados Unidos. En Roma estudió Derecho Canónico y allí mismo lo eligieron Prior General de la Orden de San Agustín. Allí se abrió al mundo, a 40 países donde hay misiones agustinas, aprendiendo varios idiomas.
Siempre mantuvo contacto con su Perú. Aquí lo volvieron a enviar en 2013 para resolver problemas en dos diócesis, como mediador. En ese momento obtuvo la ciudadanía peruana y participó en reuniones con los obispos.

En Chiclayo vivió los años difíciles del COVID, logrando organizar la Diócesis para donar dos plantas de oxígeno para los hospitales, que carecían de todo.
Otro momento duro fue la inundación que en 2007 llegó hasta el centro de la ciudad. Con botas de goma se unió a los rescatadores para limpiar el agua y luego se comprometió a proveer alimentos y ropa a las personas que habían perdido todo.
Fase final: el Papa Francisco, que conocía su trayectoria, en 2023 lo llamó a Roma a la Curia, como responsable de los obispos del mundo. Se convirtió en Cardenal y... PAPA. Aquí en Perú una sorpresa y una alegría inmensa. Un orgullo genuino. Ya están haciendo publicidad de sus platos preferidos, desde el seco de cabrito hasta el ceviche con pescado crudo, muchas cebollas y limón abundante. En Chiclayo ya están haciendo los preparativos: están seguros de que su amado y estimado obispo Robert Francis Prevost pronto los visitará como PAPA LEÓN XIV.

EL PADRE MISIONERO GIUSEPPE NOLI

Sin soldados no se puede ir a la guerra, no basta solo el Papa para difundir el Reino de Dios en el mundo. También el Papa necesita de una mano, de personas entusiastas y generosas. Surgen misioneros, como el Padre Giuseppe Noli. Ficha: nacido en Rogoredo di Casatenovo en 1940, sacerdote en 1964, misionero en Huacho, Perú en 1989, Parroquia Divino Maestro. Así también en Haití en 2003 y en Níger desde 2014. Muere en Varese el 16 de mayo de 2025. Padre Giuseppe Noli, ¡un gigante! Había decidido simplemente pasar la vida con los “últimos de los últimos. Perú, luego la martirizada Haití, luego los pobres del desierto de Níger. Le preguntábamos, pero ¿por qué allí? Y él: son los “últimos de los últimos”, quiero estar con ellos. Cada vez que regresaba a Rogoredo di Casatenovo nos sacudía las conciencias con sus decisiones radicales, evangélicas y una infinita pasión por el Hombre, el prójimo siempre y en todo momento, sin distinciones de ninguna clase. El testimonio del padre Alessandro Vavassori, junto a don Noli en Huacho en los años 90. Mi primer encuentro con el padre José fue al llegar al aeropuerto Jorge Chávez de Lima. Vi el gorro rojo en un rostro europeo entre la multitud detrás del cristal y pensé: «Ese debe ser el padre Giuseppe Noli». Tocaba con temor esa tierra que se convertiría en mi hogar durante cuatro años, sin conocer a nadie y balbuceando solo un poco de español aprendido en el curso del CUM de Verona para prepararme para la misión. Su fuerte apretón de manos y su «¡Bienvenido!» me tranquilizaron de inmediato: no estaba solo, había encontrado un hogar y un padre. Recordaría más de una vez ese primer encuentro en una tierra desconocida: una persona que se ocupa de ti en un lugar donde llegas como extranjero. Desde el principio, el padre José me pidió que iniciáramos los días juntos, con la oración de las Laudes y una participación en común sobre el Evangelio del día, siempre en español a pesar de que éramos solo nosotros dos. Una participación siempre espontánea y profunda, nunca formal o de circunstancia: alimento espiritual de una Palabra que nutría la Misión y forjaba día a día la elección de compartir la vida con la comunidad que nos había sido encomendada. A nuestra oración se unían las colaboradoras responsables de los sectores de la parroquia los lunes por la mañana, porque la sinodalidad con José no era un concepto, sino una práctica arraigada en la cotidianidad. La casa, como la oficina parroquial, ambientes esenciales y siempre abiertos a todos, eran los lugares donde se podía buscar al padre José. Pero el día y a menudo la noche ya avanzada se pasaban por las calles polvorientas del «cono sur de Huacho, a lado del pueblo». José, en particular, visitaba a la gente, recorría «las chocitas» de los sectores más pobres de la parroquia entre los recién llegados, para llevar a todos la certeza de sentirse parte de una familia, de una comunidad cristiana que no excluye ni olvida a nadie. El padre José me enseñó con su vida compartida el deber al que están llamados los sacerdotes: «Aprender a estimar los valores humanos y a apreciar los bienes creados como don de Dios... viviendo en medio del mundo» Los días más exigentes, pero ciertamente más intensos, eran aquellos en los que, por turnos (pero aquí yo a menudo cedía el puesto porque sabía que le estaba haciendo un regalo), nos dirigíamos a Cajatambo: la parroquia en la Sierra que nos había sido encomendada por el obispo monseñor Lorenzo León, porque en aquellos años el peligro de los ataques terroristas de Sendero Luminoso había aconsejado retirar al párroco. Un viaje de unas ocho horas en camioneta y luego a menudo a pie o a caballo para llegar a las comunidades más lejanas. José era un hombre auténtico y directo, siempre respetuoso y atento, sin precipitarse en querer dar su opinión y, sobre todo, sin hacerla pesar como si fuera impuesta. No pretendía saberlo todo ni interpretar correctamente las situaciones más difíciles. Se ponía al lado, caminaba con los pies y el corazón, compartiendo el esfuerzo en la búsqueda de los posibles caminos que podrían abrir el camino que cada uno de nosotros está llamado a hacer, como individuo junto a la comunidad. Estos valores, el padre José los vivió con convicción y libertad, «haciendo caminos», es decir, acogiendo con serenidad la tarea evangelizadora que Dios ha encomendado a su Iglesia. Creo que estos son solo algunos de las enseñanzas de vida que definen un cometido para la Iglesia, el de ser comunidad misionera dispuesta a partir y a hacerse pequeña junto a los hermanos. Una tarea necesaria y urgente para la Iglesia de hoy, tanto para la local como para la universal. El Resucitado nos precede, más aún, ya está allí donde nosotros probablemente llegamos por primera vez. Su Rostro y su Palabra, aquellas que nosotros intentamos percibir en su paso sigiloso en nuestra vida, el padre José las anunció con su palabra, pero antes aún con el trazo gentil y tenaz de su ser sacerdote para la misión: Fidei donum para los hermanos.

HUACHO LLORA DESCONSOLADAMENTE

Qué triste noticia. Tuve el honor de conocerlo en el Hospital Regional donde había habitaciones habilitadas para los infectados del cólera. No recuerdo cuando, más o menos hace treinta y cinco años. Tantos morían. Padre Noli estaba allí, a su lado con una bolsa azul, sin miedo, exponiéndose al contagio para dar alimento a los familiares de los pacientes del cólera. La mayoría venían de zonas rurales, eran campesinos. De verdad me llamó la atención aquella persona magra que distribuía pan. Un día yo también estaba allí por un paciente de la cooperativa donde en ese entonces trabajaba. Con la gentileza que lo caracterizaba, me ofreció a mí también una bolsa llena de pan. Sorpresa, le agradecí, aunque preferí no aceptar su regalo. Continuó como verdadero misionero escuchando el dolor de la gente, sobre todo a la más débil. Un gran pastor que amaba sus ovejas y cómo. Vuela en alto padre José Noli, estoy segura de que estas ya en la casa del padre. Ana De la Cruz. Más de uno recuerda su modo de saludar al estrechar la mano, su apretón “con una fuerza que dejaba la mano paralizada”. Que en paz descanse y que la luz perpetua lo ilumine.

La barca va, déjala ir
Es mi barca que está por tocar el puerto del 61° aniversario de sacerdocio (1964 -2025). Padre Giuseppe Noli, mi amigo y compañero de infancia, de seminario y de misión, nos ha dejado. Tomo su testimonio para avanzar un poco más.
Estamos juntos. La cita siempre es alrededor de un altar, el de la Catedral San Bartolomé de Huacho, el día domingo en la festividad de San Pedro y San Pablo, el 29 de junio a las 6:30 pm, en Perú. Con la transmisión de 36 TV Huacho los horarios varían en el mundo, la fe no, tampoco la esperanza y la alegría. Rezaremos con el nuevo Papa León, en español, porqué no.
Cada uno de nosotros está llamado a escribir, desde aquí, su historia para el libro de la vida eterna.

Don Antonio Colombo

Huacho, 20 de junio del 2025

Traductora:Damiana Pozo