Con el envío a Italia de seis copias de mi libro sobre Huacho, había cerrado la campaña de ventas.
Me quedaba la curiosidad de saber las reacciones de los lectores, con la duda que tal vez solo lo hayan puesto entre los libros viejos.
La primera sorpresa viene desde lejos. “Sabe, padre, finalmente me llegó el libro. Inmediatamente voy a ir comprar un diccionario español, tengo un gran deseo de leerlo y entenderlo en su modo original. También quiero hacerte un regalo por la amistad que nos une”.
La segunda sucede una mañana cerca a las 8.30 con un viejecito que está por entrar a la Iglesia. Además del saludo normal (si la mascarilla lo permite) me dice: “Padre, me faltan solo 20 páginas de su libro. Lo estoy leyendo con interés”.
La tercera sorpresa viene de una mujer anciana que algo murmura a través de la mascarilla, pero no logro entenderla. Dulcemente repite: “Padre, terminé su segundo libro, pero ¿existirá también el primero? Quisiera tanto leerlo ese del 2016, ¿todavía tiene una copia?” Después un día sus ojos se le iluminan viendo el libro azul MI HUACHO e inmediatamente rebusca en su monedero para darme 10 soles. Me da tanto trabajo convencerla que se lo quiero regalar, e incluso con una dedicatoria. Y Cecilia se va feliz.
Llega también un tercer viejecito, pobremente vestido, que desea el primer libro, contento por mi modo de hablar de la ciudad de Huacho con tantas anécdotas. Regresa después de dos días con 20 soles arrugados en su mano. Nada que hacer, él quiere pagarlo. El primero tiene doble página del segundo y eso lo vuelve más feliz: “Así podré ocupar bien mi soledad, pasando de historia en historia. Se me estan abriendo los ojos al mundo”.
Aún más sorprendente es el cuarto viejecito que camina con su bastón vendiendo caramelos por las calles de la ciudad. Es mi cliente fijo. Pero dos días atrás tenía prisa y sin querer le hice la pequeña oferta de siempre, casi cerrándole la puerta en la cara. “Gracias padre, ¿sabe que estoy leyendo su libro?” Me bloqueé, colorado entre vergüenza y conmoción. ¡Y pensar que lo creía analfabeto!
Eso me anima a continuar escribiendo, siempre en vivo y en directo, mientras pasan mis días en Huacho.
Hablo de un Cardinal que murió a la edad de los 107 años y de una pequeña dulce mujercita de 94 años.
Los ángeles tienen los colores de todo el arco iris humano.
** Desde Mozambique al cielo Alessandro Dos Santos tras batir todos los récords en la Iglesia católica, primer sacerdote nativo, primer Obispo de color, primer Cardenal a través de un siglo de acontecimientos tristes y felices de su pueblo. Gracias a mi hermana misionera Dalmazia, este amigo tan especial llegó dos veces a mi casa en Italia y dos veces me acogió en su casa en África. Un rostro expresivo, abierto a la sonrisa con una mirada dulce como enmarcado por sus gafas negras, una frente alta con una corona de cabellos blancos. Él hablaba tranquilamente en portugués y yo en italiano, nunca tuvimos necesidad de intermediarios. Cuanta sabiduría había en él, nunca tuvo una expresión dura, siempre tenía un tono conciliador unido a un sano humorismo. El último encuentro fue en el 2017, tenía ya la belleza de los 103 años. Demasiada exquisita su hospitalidad. Más de una hora con él que tiene un paso lento, pero manos que se abren especialmente cuando recuerda a los milaneses: “No tienen las manos cerradas, las abren, abren los brazos de par en par, son generosos, fueron ellos quienes me ayudaron a poner la primera piedra de la Universidad de Santo Tomás que está creciendo, haciendo un bien inmenso a nuestra juventud”. Lentamente se deja acompañar a su capilla donde está el Dueño de casa y también su lema episcopal: “Servir y no ser servido”.
Esta amistad la considero un regalo de Dios y uno de los grandes frutos que la Iglesia católica produce en el mundo.
** Dejo las playas del Océano Indiano para encontrar a otro ángel en aquellas del Pacífico en la bahía de Huacho. Es una mujercita como la Madre Teresa de Calcuta, en toda su fe y generosidad.
Adita es el nombre de la simpatiquísima viejecita que voló a lo alto al encuentro con su amigo San Francisco de Asís. Por 40 años la estatua del Santo se había refugiado en su casa, escapando del terremoto de 1966 que destruyó nuestra catedral.
Ahora que se fue en lo alto, me pregunto: “¿Quién me dará entonces la bendición?” No peco contra el secreto del sacramento, revelando que Adita se confesaba y recibía con fe la absolución, pero después alargaba su pequeña mano para trazar sobre mi frente una cruz, diciendo: “Ahora padre, soy yo quien le dará la bendición, paz y bien”. Es para incluirlo en el libro de las “Florecitas de San Francesco”. Casi por toda su vida ha guiado el pequeño pero irreducible grupo de los terciarios franciscanos, única en el recordar el 2 de agosto con el Perdón de Asís, para adquirir la indulgencia plenaria. Cada mañana, uno de sus nietos la acompañaba a la catedral a las 7, permitiéndole para que realice media hora de adoración eucarística antes de la infaltable Misa de las 7:30. Luego se detenía siempre para charlar un poco con las amigas. Digna imitadora de la viejecita Ana del evangelio de la Presentación, además, no perdía la oportunidad de hacer apostolado con todo el mundo, desde los policías hasta los taxistas. Famosa ha sido siempre su pequeña tienda de dulces, hechos por ella, deliciosos y disfrutados por generaciones de huachanos.
Hace un mes la encontré en el área de emergencia del hospital. Apenas me vio, es como si se hubiera despertado, con una sonrisa. Me ha pedido la bendición y luego ha recibido una pequeña imagen de Jesús. “Padre, deme tres más, para el doctor y las enfermeras… ¡las necesitan!” Fue su último gesto de fe generosa. Después de 15 días regresé a verla, pero no me ha reconocido, se ha apagado como una vela. Con una excepción por el protocolo Covid, su féretro entró en la catedral para saludar y despedirse de San Francisco de Asís, propiamente el día de su fiesta, el 4 de octubre. Daba y recibía amor, especialmente de sus nietos, que le adoraban. "Alabado seas, oh, mi Señor, por la hermana Adita".
Ha pasado más de un año desde aquel domingo en la cual tuve que cerrar la catedral. Que tristeza cuando me detenía a rezar en el exterior. La tercera triste ola Covid no llegó, la campaña de vacunación le ha cortado las alas (no del todo) a este virus. Así que ahora la Iglesia está abierta todo el día a pesar de las restricciones del 50 %. Volvió la alegría para rezar, para confesarse, participar físicamente a la Misa y recibir la Comunión en las manos.
Pienso que los más felices fueron dos novios que habían fijado la fecha de matrimonio el 30 de marzo del 2020. Nada que hacer por la primera ola. Reprogramaron para el 30 de marzo del 2021, abrumados lamentablemente por la segunda ola. Por fin, a principios de setiembre, bajaron por la pasarela roja y llegaron al altar donde los estaba esperando. Una verdadera alegría acompañó el rito ceremonial y todo lo demás. El amor ha ganado.
Así podría repetir para los bautismos de los niños, las Primeras Comuniones, las Confirmaciones de los adolescentes que al menos tienen una fecha cercana para el mes de noviembre y el tradicional 8 de diciembre, día de la Inmaculada.
Casi temblorosa una señora entra en el confesionario. “Padre, perdóname, ¡no me confieso hace dos años!” “Tranquila, no es un pecado, el Papa te ha perdonado desde muy lejos…” “Padre, pero siempre he seguido por la televisión su Misa dominical del mediodía, me daba fuerza”. La verdadera serenidad regresa en su corazón cuando resuenan las misteriosas y estupendas palabras sanadoras: “Yo te absuelvo de tus pecados, ve en paz”.
Lo que me preocupa es la ausencia casi total de jóvenes, señoritas y chicos. Tampoco los adultos destacan en su participación en la Misa dominical. Pero hay tantísimas misas hechas para celebrar en recuerdo de los difuntos - covid con el dolor impreso en los rostros y corazones de familiares y amigos. Menos mal que ahora estamos en octubre, un mes mágico por la devoción profunda al Señor de los Milagros.
Después de la segunda vacuna y un periodo de más prudencia, tengo el permiso de volver a recorrer algunos pabellones de los dos hospitales de la ciudad para decir una palabra de fe y esperanza a los enfermos. Los médicos y las enfermeras me saludan con los ojos muy abiertos, al verme de nuevo después de tanto tiempo y tantas ansias, como un sobreviviente. Pasada la sorpresa, nuestros ojos se llenan de sonrisas y también de lágrimas por los muchos que ya no están más. El personal ha pasado meses terribles, ¡la capilla todavía es usada como morgue! Ya no pude encontrar el servicio de ginecología, que se trasladó lo más lejos posible de la zona de covid. Pero el amor conyugal no se detuvo, nacieron muchos niños hermosos, recibiendo la pequeña Medalla Milagrosa, una para la madre y otra para el recién nacido.
Lamentablemente noto pocas mejoras en las instalaciones, sólo una planta está renovada con baldosas, algunas puertas nuevas y cortinas en las ventanas. Pocas innovaciones tecnológicas.
Un punto de esperanza marcó la misa en honor a Nuestra Señora del Pilar por el gran pedido del personal del departamento de Medicina. La hora de las 11.30 am. es muy adecuada para que las enfermeras y los pacientes se tomen un pequeño descanso después de las visitas de los médicos y antes del almuerzo. Todo estaba bien organizado en el atrio de la segunda planta, con una treintena de personas, entre pacientes y familiares, animados por la participación del nuevo director del hospital, nuestro amigo el doctor Oscar Garay.
Había un micrófono para potenciar y realzar mi débil voz en contraste con la fuerte y sonora voz del cantor, en la que participaban todas las enfermeras. Una misa "íntima", casi susurrada, para recuperar las fuerzas y la esperanza después de dos años super difíciles que dejaron tantos vacíos. Nos aferramos a esa Virgen del Pilar poco conocida, que se había aparecido en una columna precisamente para dar ánimos al apóstol Santiago que anunciaba el Evangelio en España en medio de tantas dificultades. Es el santo de la famosa ruta de peregrinaje de 600 km que lleva a Santiago de Compostela hasta las orillas del océano Atlántico.
Es de verdad bello el curso online para aprender italiano, con el constante número de 60 alumnos. El instituto cumple 12 años justo con la fiesta del patrón San Francisco de Asís. Hubo la Misa – lamentablemente poco frecuentada – sin la tradicional cena y la infaltable super torta para 80 personas. Las tres profesoras han propuesto una “Fiesta online”, con la libre iniciativa de cada uno. Increíblemente se ha desencadenado la fantasía que sorprendentemente aterrizó en la pantalla del habitual Zoom de 40 minutos, renovable.
Seis alumnas del primer año con el clásico vestido blanco con faja roja ondean armoniosa y alegremente por casi tres minutos al ritmo alegre de la marinera, pieza musical destacable del repertorio nacional. Guiados por la alumna Dorothy han escogido la plazuela interna del centro Plaza del Sol que acompaña con grandes letras la frase YO AMO HUACHO. No logro describir la danza, es para ver y deleitarse sin perder las últimas fotos con 12 ojos luminosos de las bailarinas que brillan de alegría un poco por encima de las mascarillas. Todos hemos quedado con la boca abierta.
San Francisco continúa haciendo milagros. Con su alegría contagiosa ha estimulado capacidades encondidas en los alumnos del segundo año que han producido un video de 9 minutos: “Yo soy Francisco”. Director, actores, lugares, diálogos, todo es producción local. Todo ha partido de Clara Salas, exactamente no sé cómo lo ha logrado no solo para preparar la trama y transformar a sus compañeros de clase en actores sino también para elegir la ambientación de los episodios franciscanos entre el desierto y las rocas de Peñico, una capilla rustica, la casona Pittaluga estilo de la Liguria, el balcón histórico de Huaura. El pasado y el presente se intercalan con escenas históricas encontradas no sé dónde. Yo también he quedado encantado escuchando la voz clara y gruesa del narrador Niel, con verdadero acento italiano. El video continúa corriendo por las redes del mundo con el Facebook de HUACHO.INFO del 7 de octubre, con más de mil reproducciones e interesantísimos comentarios. ¡Muy bueno de verdad!
“Padre, ¿dónde va tan contento?” “¡A la cárcel de Carquín!”. La primera en sorprenderse es la vendedora del mercado que siempre me ve salir de casa a las 7 para ir a Misa, esta vez ya con la casaca deportiva y la mochila en los hombros con un balón y una copa.
A las 9:00 am. estoy en la entrada de la cárcel con mis ocho jóvenes futbolistas y el entrenador Moisés. Inmediatamente llega el director que hace abrir cuatro puertas blindadas una tras otra de tal modo para llegar al pequeño campo de futbol, pulido para el evento que se espera desde hace dos años: la Copa Colombo en su quinta edición.
Una síntesis de la jornada: hay 5 equipos de los 5 pabellones, dos de las
guardias carcelarias, y mi equipo, por desgracia sin su capitán Roberto, que voló al cielo por un infarto en un partido amistoso. ¡Faltaba el arbitro! Todo se soluciona en un clima sereno tratando de buscar a un joven de casi dos metros de altura. Los enfrentamientos de la eliminatoria se iniciaron bajo la atenta mirada de los policías, el árbitro, el mío y del director, que permitió la presencia de los hinchas de los pabellones correspondientes. Un ambiente de alegría, apagado sólo por los equipos eliminados en la primera ronda, incluidos mis jugadores oxidados por la larga pausa del covid.
No veo las semifinales, porque nos damos cuenta de que faltan las camisetas para unir como premio a la copa. “¡Vaya, padre, a recogerlas, nosotros continuamos!”. Con la respiración contenida, atravieso las cuatro puertas blindadas, voy y regreso de la catedral -a 6 km de distancia- con 10 camisetas bajo el brazo para atravesar las cuatro puertas y disfrutar del apretadísimo final. Es un espectáculo de un buen nivel futbolístico, increíble fuerza agonística, velocidad de pases y disparos al arco como balas, con arqueros listos para todo. En cada gol del grupo 3, el árbitro permite la invasión de los hinchas, entre ellos un joven de color muy alto y simpático, amigo mío. Incluso los policías hacen la vista gorda, es una fiesta, un desahogo después de la larga y triste lucha al covid. Estoy allí en medio, casi abrazado por ellos; realmente pienso que, además de la vacuna y las dos mascarillas, mi ángel de la guarda debe haber sudado para protegerme.
Después de cinco horas aquí estamos todos en el centro del campo para las copas y los premios: gana el tercer con 5 a 2 sobre el cuarto. Regresa la alegría de la mañana en mis ojos, porque veo su alegría, también en aquellos que han perdido. Relajado también el director, en su primera experiencia en este tipo di campeonato relámpago. De inmediato contacta a mi entrenador para volver a jugar en el periodo de Navidad. Porque no, el Niño Jesús estará contento. Moisés tendrá tiempo para reforzar a nuestro equipo Colombo.
Llega el momento soñado por todos los ocho equipos: alzar al cielo la copa y recibir varios premios llegados desde Italia. No hay apuro, son momentos de alegría, de amistad, de conversación también con mis jóvenes, para la foto del recuerdo. Pero luego todos tienen que regresar a la celda, luego de haber juntos susurrado el Padre Nuestro y haber recibido la bendición. Pero uno no se mueve, se queda quieto en medio del campo, quiere hablar conmigo. Con una sonrisa el director lo permite. Es Jimmy, el joven de color, que, lleno de alegría por la copa ganada, quiere decirme una estupenda noticia: “Antes de Navidad, seré libre, después de 10 años. ¿Me puede regalar su libro MI HUACHO II, en la página 204 hay una foto mientras yo toco el tambor y usted está a mi lado? ¡Lo tendré siempre conmigo!” No lo pienso dos veces, escribo también la dedicatoria. Ne approfitta il fotografo, será otra foto histórica, que servirá para el tercer libro!
La sonrisa de Jimmy permanecerá en mi corazón que late al ritmo de su tambor.
Un día especial, estimulante, reconfortante; también el balón se merece un gracias.
Don Antonio Colombo
Huacho, 18 de octubre 2021, con el Señor de los Milagros.