Cada tres años visito en Italia a la familia, amigos, parroquias, realidades políticas sociales, controles médicos, tiempo de descanso, visitas a los hospitales y a los cementerios…
Se gana algunos kilos, se encuentran tantas personas y se busca de contar las “maravillas de Dios” vividas en el campo misionero del Perú. ¿Dónde se realiza todo esto? En las casas, en torno a las mesa de los restaurantes, en la iglesia, en los auditorios parroquiales, con varias entrevistas, utilizando los nuevos horizontes de internet.
Un encuentro infaltable es con mis compañeros de clase de la primaria en Casatenovo, todos nacidos en 1940. En la Misa de la capilla de pueblo de Vismara se ha leído la larga lista de los amigos que ya están en el paraíso y de aquellos que se encuentran enfermos, sin que se apague la alegría de quien se queda y aún puede degustar un buen almuerzo, intercambiando recuerdos, noticias y chistes, rigurosamente en dialecto brianzolo.
No puedo olvidar la visita a Milano Greco; a 5 señoras nonagenarias, una más enferma que la otra pero también una más dulce y generosa que la otra. Piera Fossati y Annamaria Varisco ya han volado al cielo. Con Piera he hablado por teléfono el último día de su vida, estaba conmovida y serena, siempre llena de fe. Para Annamaria en su funeral he escrito lo siguiente mensaje: “Annamaria ha tenido tiempo de organizar el encuentro de la tercera edad y me ha acompañado con gentileza a la sastrería eclesiástica Bianchetti para ayudarme a escoger la nueva casulla para la celebración de los matrimonios. ¡Sufría pero sentía de no poder decir no a padre Antonio! Su buen gusto siempre lo he apreciado, especialmente cuando había que revestir de pies a cabeza a los sacerdotes y Obispos africanos. Para cubrir los gastos ponía en movimiento a medio Greco, además del generoso grupo misionero. Que estupenda figura ha sido Annamaria Varisco. Era muy grande la amistad con ella y su hermana. Un recuerdo estupendo. Conservémosla en nuestros corazones”.
El testimonio que más recuerdo es la de Cerro Mayor, mi primera parroquia, con el grupo ACLI promotor del encuentro. Pienso que había más de 150 personas presentes. Desde mis chicos de 50 años atrás y sus hijos, apuestos jóvenes y señoritas rebosantes de juventud y frescura.
La Misa más “calida” ha sido la del Altiplano, mi última parroquia italiana, con la misma gente de hace 10 años – en los mismos lugares de entonces – enriquecida por los monaguillos y niños de la última generación bautizados por mí.
Padre Ruggero Camagni me ofrece la cena en el restaurante al interior de Malpensa, pero ya siento que no tengo apetito, solo accesos de tos. Cada hora de vuelo un ataque de tos y son 14 horas con la diferencia de horario que alarga la noche. Rechazo la comida gentilmente ofrecida por la azafata, aceptando solo un poco de yogurt, signo – para quien me conoce – que estoy verdaderamente mal. La espera en el frío aeropuerto de San Paolo en Brasil es acentuado con los restaurantes cerrados, por la hora matutina de las 5. Suspiro llego a Lima, pero sin mejoramiento tanto así de hacer preocupar al gentil chofer Giancarlo que me lleva a Huacho, en la primera tarde del sábado 8 de abril. Es la vigilia de la Semana Santa, comienzo a tomar antibióticos, sin osar de medirme la fiebre.
Es muy hermosa la celebración de la Semana Santa en mi parroquia. Encuentro todo bien organizado por los sacerdotes y las hermandades, no tengo más que incluirme en el programa y gozarlo a partir de las bendiciones de las palmas de olivos en la plazuela de Olaya. Contenta está la gente de verme de nuevo después de dos meses, un poco gordo. Una doctora al saludarme se da cuenta que mi respiración y mi voz no son regulares. “¿Será el cansancio del vuelo?” El domingo de Ramos por la tarde voy a emergencia, el doctor me prescribe rápidamente una radiografía de pulmones, una inyección intramuscular, una serie de medicinas y la orden de reposo absoluto por algunos días. Aquí comienzo a desobedecer pero reduciendo al mínimo mis apariciones en la Catedral, entre una pastilla y otra. Miércoles Santo una media hora con Jesús Nazareno, Jueves Santo con la Misa Crismal y Última Cena seguida de 15 minutos de recorrido en la visita de las 7 iglesias, hace frío. Viernes Santo predico la última palabra de Cristo en la Cruz: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. La liturgia popular del descenso de Jesús de la Cruz me hace presente y luego escapo a casa para reposar, nada de procesión del Santo Sepulcro. Difícil la noche, un buen reposo en la mañana del Sábado Santo soñando con encontrar la posibilidad de recuperar fuerzas para la Misa de Gallo, punto central de la Resurrección.
Pascua, a las 4 de la mañana estoy en la Catedral revestido con la nueva casulla blanca y roja de Milano, celebrando la Misa circundado por las cuatro imágenes de Jesús Resucitado, la Virgen Dolorosa, San Pedro y San Juan. Me tomo después una pausa de algunas horas para encontrarme en la Plaza de Armas para la llegada triunfante de los cuatro personajes al canto de “Tú reinarás…” con cuatro bandas al unísono y miles de feligreses felices.
Otro control en hospital, el almuerzo del lunes de Pascueta, noches sin dormir hasta el momento crucial de la tarde del miércoles 19 abril: “¡Usted de aquí no se mueve!” es la voz firme y decidida de la misma doctora de la mañana de Domingo de Ramos.
En el segundo piso en medicina, hay una habitación que puede ser bautizada como “Habitación padre Antonio”. Es toda para mí, la conozco de memoria desde el 2 de noviembre del 2014, con el cuadro del Señor de la Misericordia que me espera, colgado en la pared frente a la cama número 16. Allí me llevan después de salir de emergencia a las 10 de la noche del miércoles 19 de abril. Los pulmones no funcionan, están llenos de flema y la respiración es un silbido, así comienza el bombardeo de medicinas unas más fuerte que otras bloqueando rápidamente la fiebre que era altísima. Me tranquilizo sabiendo que todos hacen lo mejor, prefieren verme como capellán que como paciente. Mis hermanas están lejos, pero aquí hay personas gentiles y generosas que me proveen de todo partiendo de traer las pantuflas y del pijama de casa, distante a solo 50 metros.
Día tras día, noche tras noche, hora tras hora el tiempo corre lento pero hacia un resultado positivo. No faltan las atenciones particulares como la dieta que sustituye el arroz blanco seco con una buena dosis de tallarines verdes.
El cartel dice: "visitas restringidas”, pero los feligreses presionan por entrar, poniendo nerviosos a los vigilantes, a las enfermeras y a los médicos que dicen: “¡Déjenlo recuperarse!”
Cosa imposible después que mi foto en la cama 16 aparece nada menos que en el Facebook oficial del Hospital Regional, difundiéndose hasta la India, después de hacerla pasar por los celulares de miles de taxistas de Huacho.
“Doctor, hoy es domingo, ¿puedo celebrar la Misa, aquí en mi habitación?” un momento embarazoso, algunas consultas a los colegas y después me dice: “¡Sí, pero se recuerda del cartel!”
Un movimiento frenético y en menos de una hora la habitación se trasforma en capilla, la mesita de las medicinas en altar y Jesús llega con su palabra y su presencia. Es domingo de la Misericordia, Jesús parece sonreír en el cuadro de la pared. Paso de la cama a una silla, con movimientos lentos, estoy emocionado así como las diez afortunadas personas que oran conmigo.
Dos minutos de predica a baja voz para llegar al momento central alzando el pan y el cáliz, también los cantos a voz baja, pero intensos. La comunión une los corazones a Dios y al mundo que sufre. Pero, ¿qué sucede en el corredor? Llantos agudos y desesperados nos alarman. Es muerto el vecino de la habitación 15. Estoy enfermo, pero siempre sacerdote con el compromiso interior de socorrer. Salgo para lograr dar una pequeña bendición sobre la frente todavía caliente del difunto. Los familiares se calman y lloran mientras otros pacientes piden mi bendición. La llegada del doctor me hace entrar súbito al número 16 porque mi presión se ha elevado y la respiración se ha vuelto fatigosa. Rápidamente me han colocado la bomba de oxígeno. Aquella noche he comenzado a descansar.
Dos minutos de predica a baja voz para llegar al momento central alzando el pan y el cáliz, también los cantos a voz baja, pero intensos. La comunión une los corazones a Dios y al mundo que sufre. Pero, ¿qué sucede en el corredor? Llantos agudos y desesperados nos alarman. Es muerto el vecino de la habitación 15. Estoy enfermo, pero siempre sacerdote con el compromiso interior de socorrer. Salgo para lograr dar una pequeña bendición sobre la frente todavía caliente del difunto. Los familiares se calman y lloran mientras otros pacientes piden mi bendición. La llegada del doctor me hace entrar súbito al número 16 porque mi presión se ha elevado y la respiración se ha vuelto fatigosa. Rápidamente me han colocado la bomba de oxígeno. Aquella noche he comenzado a descansar.
Aquella noche he comenzado a descansar. deciden de mandarme a casa con la orden estricta de no salir para permitir a los fármacos de continuar a producir sus efectos tranquilamente. Así los ocho días en hospital se alargan con otros seis en casa, en el silencio de una clausura enriquecida con la Misa que celebro sin fieles, consiente de su valor universal como dice la liturgia: “Este sacrificio de reconciliación lleva la paz y la salvación al mundo entero”. Estoy de nuevo de pie, gracias Señor.
Huacho, 5 de mayo del 2017
Traductora: prof. Maribel Félix Rosell